El rocanrol itinerante de Black Birds y Flyders del Rock
Remembranza de 2 famosos conjuntos durante los años sesenta, y su pugna por el éxito dentro y fuera de Puebla
Polo Bautista / Subterráneos
Puebla, Puebla; 12 de marzo de 2026. Con referencia al gran entramado que conforma la historia del rokcanrol poblano ya es posible rastrear algunos indicios clave que explican parte de su origen y devenir. En la infinita vastedad del internet y las redes sociales se alojan dispersos álbumes completos, fotos, semblanzas, entrevistas y nombres de grupos surgidos en los lejanos años sesenta; a saber se pueden encontrar archivos de: Los Demonios del Rock, Los Blue Jeans, Los Teddy Gangs, etc. Sin embargo, persisten relatos que por su naturaleza o circunstancia no suelen documentarse apropiadamente dentro de los anales rocanroleros.
Este es el caso de los músicos y las propuestas que, si bien germinaron sobre el territorio angelino, terminaron por desarrollar mayoritariamente su carrera a lo largo del extenso territorio nacional como miembros de las huestes artísticas de las caravanas cerveceras y similares. Por tanto, quizás sea posible asumir a Los Black Birds y Los Flyders del Rock como parte de estos grupos migrantes o itinerantes que ayudaron a dispersar y popularizar el rocanrol en México desde hace más de cincuenta años.
Los Black Birds
A inicios de los años sesenta, un imberbe José Luis González Jiménez, disfrutaba desde la comodidad de su hogar, en la colonia Los Remedios cercano al mercado de La Acocota, las voces radiofónicas de los ídolos charros nacionales como Pedro Infante, Javier Solís y Jorge Negrete. No obstante, los primeros indicios rocanroleros directos que advirtió provinieron de sus compañeros del colegio Benavente, quienes no paraban de cantar “Rey Criollo” (“King creole”), de Los Teen Tops.
Esa grata impresión por la música moderna se afianzó mediante las rocolas, el rocanrol castellanizado de Los Llopis y algunas presentaciones en directo de sus paisanos Los Blue Jeans, pero fue durante un baile de locutores organizado por la radiodifusora XEHR, cuando el joven tomó la determinación de volcar su vida hacia el novedoso género.
De la mano de González y su guitarra Danelectro, Los Black Birds (nombre inspirado en los aviones militares que por su color oscuro que asemejan mirlos) se fundaron entre 1963 y 1964, con ayuda de sus cómplices Jesús Gómez Solís en el requinto, Rubén Sánchez en la batería (posterior elemento de La Generación), Mario Méndez al bajo (baterista más adelante de Los Demonios del Rock) y los vocalistas Juan Bendito (ulterior cantante de Los Teen Agers – Los Zarps Teen Agers – Los Zarps) y otro chico apellidado Tamayo.
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Juntos interpretaban el repertorio instrumental de The Ventures y otros grupos nacionales como Los Hooligans o Los Rebeldes del Rock. Prueba de esto son los anuncios impresos en El Sol de Puebla (ESP), acerca de los sábados familiares en la tienda de ropa El Caballero Elegante, al lado de sus similares Los Teen Agers.
Pese a que González fundó al conjunto de las aves negras, poco tiempo después tuvo que abandonar el proyecto debido a un “volado” del cual salió perdedor y en el que se jugó su puesto de acompañamiento. El resto de los músicos, más la adición del bajista Juan Lemus (ex integrante de Los Howards), continuaron sus aventuras bajo el apelativo Los Birds (Las Aves) presumiblemente hasta 1968, fecha en la cual es posible rastrear su último anuncio en el diario ESP, en compañía de Los Thugs y Manolo Muñoz. En tanto que el empecinado González se entregó enteramente a su nueva empresa, Los Flyders del Rock.
Los Flyders del Rock
Una vez alejado de las aves negras, cierto día le llegó el rumor a González de que David Gómez Solís (primo del guitarrista Jesús Gómez Solís) y otros muchachos, estaban buscando gente con instrumento propio para formar un conjunto rocanrolero. Por tanto, José Luis se presentó en el domicilio de aquel joven, ubicado sobre la Avenida Reforma, entre la 15 y la 17 sur, con un amplificador y una guitarra roja recién adquirida. Gracias a su pericia, pero principalmente al equipo, David quedó grandemente sorprendido, pues hasta ese momento solo se había probado con guitarras convencionales a las que le adaptaba pastillas.
Una vez establecidos González en el acompañamiento y David Gómez en el requinto, los siguientes en sumarse al proyecto fueron el baterista Ramón Gómez (hermano menor de David), el bajista Enrique Rosas (anterior guitarrista de Los Fantasmas del Rock y Los Howards), el vocalista Alberto Rentería (otrora miembro de Los Bad Boys) y por último el saxofonista Andrés Calvario. Para 1965 ya se habían nombrado Los Flyders del Rock (Los Voladores del Rock) y prontamente obtuvieron sus primeros llamados.
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Adicional a los compromisos privados, los voladores también intervinieron en eventos masivos como el carnaval celebrado en el Paseo Bravo y las diversas ferias regionales con sus respectivos estands cerveceros, por ejemplo, Tlaxcala, San Martín Texmelucan, Tepeaca o San Felipe Hueyotlipan, aunque posiblemente no hubiera otra igual a la de Cholula.
Satisfechos de los compromisos cumplidos dentro de la Angelópolis y las ferias regionales, González y sus compañeros partieron rumbo a la ciudad de Veracruz, en busca de una mejor suerte. Allí abarrotaron por algunos días las neverías y los establecimientos aledaños al céntrico parque Zamora y la Av. Salvador Díaz Mirón, pero no fue hasta que pasaron frente al prestigioso hotel Prendes que olfatearon su buena ocasión.
En aquella hospedería firmaron un primer y espléndido contrato por tan solo una semana, pero con promesa de retorno para las próximas festividades de semana santa. Durante ese periodo los voladores no solo se ganaron la complacencia de sus patrones, sino que tuvieron el tiempo suficiente para fraternizar con músicos locales o artistas de renombre como Los Flamers, Sandra Boyd y Alejandro Algara.
Pese al buen momento del conjunto, primero David Gómez y luego su hermano Ramón, se separaron de sus compañeros, pero no a causa de discrepancias o conflictos, sino por su ingreso laboral a Comisión Federal de Electricidad. Entonces el puesto de guitarrista fue ocupado por otro de sus parientes, Julio Gómez Solís, en tanto la batería se le encargó al antes mencionado Méndez, quien para entonces ya había fungido como baterista de Los Demonios del Rock.
Era 1966 cuando el promotor puertorriqueño de la cervecería Carta Blanca, Manolo Alfeirán, les extendió la invitación para que formaran parte de las caravanas cerveceras y recorrieran con su música el extenso territorio nacional. González y sus cofrades aceptaron el ofrecimiento, por lo que abandonaron sus múltiples compromisos particulares y regionales. Desde entonces se mantuvieron en constante desplazamiento e invariablemente distanciados de Puebla.
Esto se constata mediante el repentino silencio o la desaparición de sus anuncios en ESP, que hasta por esas fechas les divulgó conciertos para el Café Colorines, el Club de Leones al lado de Los Monjes – Los Frailes y Los Hitters, el Gran Baile a Ritmo de Hanky Panky junto a Johnny Laboriel, Los Hitters, Los Belmonts, Los Monjes – Los Frailes y Los CENHCH’S, y la Tradicional Gran Kermes del CENHCH en compañía de Los Birds, Los CENHCH’S y Los Monjes – Los Frailes.
Como parte de la hueste artística de la cervecería Carta Blanca, los voladores anduvieron primeramente de gira por todos los carnavales veracruzanos: Xalapa, Orizaba, Córdoba, Santiago Tuxtla, etc. Posteriormente fueron enviados a la feria de Loma Bonita, Oaxaca, donde miraron de cerca el espectáculo de Manuel “El Loco” Valdés y se hicieron muy amigos de sus similares, Los Teen Agers, pero no del proyecto fundado por los hnos. Ricaño de Puebla, sino al de los hnos. López del entonces Distrito Federal (D.F.)
Más tarde recorrieron Chiapas, Yucatán y Campeche, hasta que aconsejados por Facundo López, cantante de Los Teen Agers, abandonaron el consorcio Carta Blanca y se dirigieron al D.F., para afiliarse a su competidora, la cervecería Superior. Esta los acogió y sin dilación los dispuso rumbo a las ciudades de Chihuahua y Morelia. No obstante, fue en Río Blanco, Veracruz, donde nuevamente González se reencontró con su amigo Facundo, quien alertado por rumores, le advirtió que sus compañeros voladores planeaban despedirlo del proyecto al finalizar aquella gira: “Me dijo Facundo: ‘¿Sabes que te van a sacar del grupo?’. ‘¿Cómo te enteraste?’, le dije. ‘Uno de tus compañeros me contó’. ‘Ok, no te preocupes’, le respondí. ‘Te aseguro que en dos meses ya tengo otro grupo’”.
Efectivamente, salvo por su amigo y partidario Andrés Calvario, los restantes voladores no dudaron en revelarle el amargo aviso al término de aquel compromiso. La única condición que impuso González para su salida fue que se repartiera el equipo equitativamente. De forma que, Calvario conservó su saxofón y el bajo, en tanto que José Luis se llevó un amplificador Fender Super Reverb y otros enseres. Ambos músicos volvieron a Puebla y pese a todo, González fundó en 1967 una nueva agrupación llamada Los Sabios, con la cual continuó su andar musical. A la despedida de González, le continúo al conjunto el retiro poco tiempo después de Rentería.
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Al deshacerse de sus cabecillas (José Luis González y Alberto Rentería) e igualmente renunciar al título de Los Flyders del Rock, los integrantes resultantes asumieron el nombre de Los Proms (derivado de la palabra “promociones”), y reclutaron a nuevos instrumentistas. La alineación quedó de la siguiente manera: Oscar Torija (ex guitarrista de Los 2 + 2), Julio Gómez (requinto), Sergio Espinoza (sax y voz), nuevamente Méndez (batería) y Enrique Rosas (bajo). Aunque por breve tiempo se les unió el multifacético artista meridano Vidal de Aranda. Juntos deambularon otra vez por el consabido territorio nacional hasta que a comienzos de la década setentera volvieron a la Angelópolis y se rebautizaron como Face VI.
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Mario Méndez: una década (y algo más) de vertiginoso rocanrol poblano desde la batería
Redacción Polo Bautista. Fotos cortesía de Mario Méndez
Redacción Polo Bautista. Fotos cortesía de Mario Méndez
La inquietud por hacer rocanrol nació del amor que le tengo a mi esposa, pero que por aquellos años era tan solo una jovencita. Yo quería conquistarla, llamar su atención. Así me empezó a interesar la música. Entonces decidí entrar a un grupo llamado Los Black Birds.
Sentado en la acogedora sala del octogenario Mario Méndez (ex baterista de Los Demonios del Rock, Los Flyders del Rock, Los Proms, Face IV y Los Sabios), observo con atención la fotografía que sobresale de entre un pequeño montón de documentos. En el avejentado y amarillento registro de principios de los años sesenta, identifico a los personajes que la componen: con un cigarrillo en la mano izquierda se halla Arturo Álvarez (guitarrista de Los Gypsies) y al extremo derecho de la mesa mi anfitrión, todavía en su mocedad. “Andaba bien enamorado de mi señora, pero no me hacía caso. Aquí platicaba con Arturo sobre ella, mientras echábamos unas chelas en un bar de la 12 poniente y 5 de mayo”, cuenta Méndez.
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Sin embargo, los germinales acercamientos del percusionista angelino con el rocanrol también sucedieron por otras vías además del amor, cuando este conoció en el Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec a otros jóvenes músicos como Juan Guerra (guitarra, bajo y voz), Othón García (piano), Eugenio Pérez-Mayesffer (guitarra), Jesús Díaz (batería) y Francisco de Alba (bajo). Todos miembros fundadores de Los Demonios del Rock (1960). De igual forma, fraternizó con el cantante Alberto Rentería, quien formó parte de Los Bad Boys y Los Flyders del Rock. Aunque, sus auténticos pasos musicales ocurrieron como bajista de Los Black Birds, al lado de los guitarristas José Luis González y Jesús Solís, al interior de un amasijo cemitero del mercado la Acocota, donde ensayaban con cubetas, un platillo y escobas que empleaban a manera de guitarras.
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En 1963, sus ex compañeros de colegio García, Díaz y de Alba, abandonaron al conjunto endemoniado y sus puestos fueron ocupados por Méndez y el guitarrista Rodolfo Apango, pero no sin antes probarse ante el director del conjunto: “A la casa de Juan Guerra, fuimos Alberto Reyes (baterista de Los Gypsies), Javier Ávila (baterista de Los Spiders) y yo. Realizamos la audición, Guerra salió luego de un rato y dijo que yo me quedaría con el puesto. Ensayé con ellos como seis meses y al cabo de ese tiempo grabamos el LP Tijuana(1964), en los estudios de Discos Orfeón, del entonces Distrito Federal (D. F.). Me aprendí la canción ‘A volar’, por si pedían regrabarla, aunque cuando llegamos nos dijeron que no hacía falta y la pasaron tal como salió en el primer sencillo (1962) de Los Demonios del Rock, pero todas las demás sí las grabé”.
Pese al gran triunfo del bando, la extensa promoción del disco (Chiapas, Veracruz, Tabasco, etcétera) y su breve estancia en el reconocido Café Mileti, ubicado en la Zona Rosa del D. F., para 1966 el proyecto endemoniado se había malogrado y Mario no tuvo más opción que ocuparse en una imprenta, aunque solo por breve tiempo.
Cierto día se apersonó en su puesto laboral otro de sus antiguos conocidos, esta vez para ofrecerle un jugoso trato: “Llegó Rentería, comentó que el baterista de Los Flyders del Rock (Ramón Gómez) se había marchado y quería que yo me uniera a ellos. Preguntó que cuanto ganaba, le contesté que cincuenta pesos a la semana. Entonces dijo que me daría cincuenta pesos diarios, más comidas y hospedaje. Por lo que me fui con Los Flyders del Rock a Veracruz, donde tenían un contrato por seis meses en el prestigioso Hotel Prendes”. Los rocanroleros restantes que partieron junto al baterista y el vocalista fueron Julio Gómez (requinto), Enrique Rosas (bajo) y el antedicho González (acompañamiento).
Al término del contrato dentro del hotel veracruzano y por intermediación de un promotor apellidado Alfeirán, Los Flyders del Rock continuaron su labor rocanrolera dentro del circuito de caravanas cerveceras, donde encaminaron sus pasos por otras regiones del sureste nacional como Coatzacoalcos, Minatitlán, Acayucan, Jáltipan, Villahermosa, Cárdenas, Campeche, Catazajá y demás.
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Redacción Polo Bautista. Fotos cortesía de Mario Méndez
La inquietud por hacer rocanrol nació del amor que le tengo a mi esposa, pero que por aquellos años era tan solo una jovencita. Yo quería conquistarla, llamar su atención. Así me empezó a interesar la música. Entonces decidí entrar a un grupo llamado Los Black Birds.
Sentado en la acogedora sala del octogenario Mario Méndez (ex baterista de Los Demonios del Rock, Los Flyders del Rock, Los Proms, Face IV y Los Sabios), observo con atención la fotografía que sobresale de entre un pequeño montón de documentos. En el avejentado y amarillento registro de principios de los años sesenta, identifico a los personajes que la componen: con un cigarrillo en la mano izquierda se halla Arturo Álvarez (guitarrista de Los Gypsies) y al extremo derecho de la mesa mi anfitrión, todavía en su mocedad. “Andaba bien enamorado de mi señora, pero no me hacía caso. Aquí platicaba con Arturo sobre ella, mientras echábamos unas chelas en un bar de la 12 poniente y 5 de mayo”, cuenta Méndez.

Sin embargo, los germinales acercamientos del percusionista angelino con el rocanrol también sucedieron por otras vías además del amor, cuando este conoció en el Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec a otros jóvenes músicos como Juan Guerra (guitarra, bajo y voz), Othón García (piano), Eugenio Pérez-Mayesffer (guitarra), Jesús Díaz (batería) y Francisco de Alba (bajo). Todos miembros fundadores de Los Demonios del Rock (1960). De igual forma, fraternizó con el cantante Alberto Rentería, quien formó parte de Los Bad Boys y Los Flyders del Rock. Aunque, sus auténticos pasos musicales ocurrieron como bajista de Los Black Birds, al lado de los guitarristas José Luis González y Jesús Solís, al interior de un amasijo cemitero del mercado la Acocota, donde ensayaban con cubetas, un platillo y escobas que empleaban a manera de guitarras.

En 1963, sus ex compañeros de colegio García, Díaz y de Alba, abandonaron al conjunto endemoniado y sus puestos fueron ocupados por Méndez y el guitarrista Rodolfo Apango, pero no sin antes probarse ante el director del conjunto: “A la casa de Juan Guerra, fuimos Alberto Reyes (baterista de Los Gypsies), Javier Ávila (baterista de Los Spiders) y yo. Realizamos la audición, Guerra salió luego de un rato y dijo que yo me quedaría con el puesto. Ensayé con ellos como seis meses y al cabo de ese tiempo grabamos el LP Tijuana(1964), en los estudios de Discos Orfeón, del entonces Distrito Federal (D. F.). Me aprendí la canción ‘A volar’, por si pedían regrabarla, aunque cuando llegamos nos dijeron que no hacía falta y la pasaron tal como salió en el primer sencillo (1962) de Los Demonios del Rock, pero todas las demás sí las grabé”.
Pese al gran triunfo del bando, la extensa promoción del disco (Chiapas, Veracruz, Tabasco, etcétera) y su breve estancia en el reconocido Café Mileti, ubicado en la Zona Rosa del D. F., para 1966 el proyecto endemoniado se había malogrado y Mario no tuvo más opción que ocuparse en una imprenta, aunque solo por breve tiempo.
Cierto día se apersonó en su puesto laboral otro de sus antiguos conocidos, esta vez para ofrecerle un jugoso trato: “Llegó Rentería, comentó que el baterista de Los Flyders del Rock (Ramón Gómez) se había marchado y quería que yo me uniera a ellos. Preguntó que cuanto ganaba, le contesté que cincuenta pesos a la semana. Entonces dijo que me daría cincuenta pesos diarios, más comidas y hospedaje. Por lo que me fui con Los Flyders del Rock a Veracruz, donde tenían un contrato por seis meses en el prestigioso Hotel Prendes”. Los rocanroleros restantes que partieron junto al baterista y el vocalista fueron Julio Gómez (requinto), Enrique Rosas (bajo) y el antedicho González (acompañamiento).
Al término del contrato dentro del hotel veracruzano y por intermediación de un promotor apellidado Alfeirán, Los Flyders del Rock continuaron su labor rocanrolera dentro del circuito de caravanas cerveceras, donde encaminaron sus pasos por otras regiones del sureste nacional como Coatzacoalcos, Minatitlán, Acayucan, Jáltipan, Villahermosa, Cárdenas, Campeche, Catazajá y demás.

En 1967 o 1968, Los Flyders del Rock se desbandaron debido a conflictos entre sus titulares (Rentería y González) por el equipo y los instrumentos, de manera que el baterista y sus compañeros reformaron la agrupación bajo un nuevo apelativo. Así surgió el bando de Los Proms, conformado por Óscar Torija (ex guitarrista de El 2 + 2), Sergio Espinosa (voz y saxofón) y los varias veces mencionados Méndez, Rosas y Julio Gómez. Aunque, por un fugaz lapso también se les unió el cantante y bailarín meridano Vidal Aranda, quien se hizo popular gracias a sus exóticos bailes tahitianos y de El Venado.
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Lamentablemente, Los Proms tampoco perduraron y a su extinción, ya al cierre de la década sesentera, le continuó otra propuesta bautizada como Face IV. En ella se encontraban Los Proms originales, a excepción de Torija, pero con la anexión de un tecladista de nombre Salomón. Al respecto, Mario dice: “Cuando volvimos a Puebla, ya nos llamábamos Face IV. Nos instalamos por varios años en el céntrico Café Rococó. Sonará ególatra, pero la verdad éramos muy buenos. No teníamos información de nada, como hoy con los videos de YouTube. Solo contábamos con nuestro oído y sentimiento. Eso era lo que tocábamos. Julio Gómez sacaba las canciones de Carlos Santana sin problemas. Igualmente, Sergio Espinosa cantaba en inglés canciones de The Doors, Creedence Clearwater Revival, Iron Butterfly, etc.”.
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En 1972, Méndez se sumó al último proyecto musical de su vida: Los Sabios. Dicha agrupación, con múltiples años de trayectoria dentro de las caravanas itinerantes, estuvo constituida por José Luis Herrera Cortés (teclado), Jesús Mireles (requinto), Asunción Cóyotl (trompeta), Rubén Uribe (bajo) y los hermanos Ismael (trompeta) y Andrés (saxofón) Calvario.
Juntos recorrieron por dos años el extenso territorio nacional, hasta que el baterista tuvo que abandonar su puesto debido a motivos familiares: “Me fui con ellos, pero ya estaba casado. Después vine a Puebla y mi mujer me dijo: ‘¿tu conjunto o nosotras?’. Porque ya teníamos una hija y cuando la cargaba lloraba de que no me reconocía por estar de pata de perro. Empecé a buscar trabajo y por fortuna, Jorge Duarte (hermano del guitarrista de Los Santos, Enrique Duarte) me comentó que estaban solicitando bomberos en la armadora Volkswagen. El dos de febrero de 1974, me hablaron para que me presentara a hacer mi prueba en la empresa. Los Sabios estábamos en Tamazula, Jalisco, y le dije al director del grupo que me tenía que ir. En el examen hicieron que cargara una manguera y me metieron una friega. Nunca había cargado antes. Terminé golpeado y dañado. Finalmente, me presenté a trabajar el seis de febrero y permanecí en ese cargo por dieciocho años”, concluye el percusionista.
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Mario (o “Méme” como prefiere que lo llamen sus amigos), se alejó del ambiente musical por completo y pese al gran sacrificio que eso conllevó, no se arrepiente. Su legado como pionero rocanrolero y tremendo baterista perdura a la par del ejemplo que ostenta como abuelo y padre de una extensa familia. Aunque relativamente fugaz -de poco más de una década-, su carrera musical fue sin duda trepidante, variada y emocionante, por lo que resulta un testimonio valioso dentro de los anales del rocanrol angelino.
Puebla: una meca del jazz en los años sesenta
Polo Bautista
Puebla, Pue. A fines de los años cincuenta e inicios de los sesenta del pasado siglo, por los rincones de la capital poblana comenzó a esparcirse un fascinante género musical: el jazz. Si bien no resultaba desconocido para algunos, tampoco formaba parte del gusto general, aunque por unos extraordinarios y breves años no hubo habitante angelino que se mostrara indiferente ante los vibrantes compases de esta música y sus máximos exponentes nacionales e internacionales.
Hoy nadie recuerda con exactitud cómo inició todo, pero existe constancia de que el género ya se disfrutaba gracias a la programación de dos emisoras radiales: la XECD-AM (1090 kHz) y la XEHR-AM (1170 kHz). Entre ambas, lograron cultivar el gusto por esta música y alternarla con los sonidos más habituales de la época, como los del bolero, las rancheras, los ritmos cubanos, etcétera. Fue la XEHR, encabezada por el periodista Roberto Cañedo Martínez, la más activa en transmitir los temas orquestales de Les Baxter, Duke Ellington, Benny Goodman, Dave Brubeck, Les Elgart, Gene Krupa, Tommy Dorsey y muchos más.
Las salas de cine hicieron lo propio, pero en mucho menor escala, mediante viejas películas estadounidenses de los años cuarenta, a las que sin empacho les modificaban el título original y les introducían el término “jazz”; por mencionar dos ejemplos: Las viudas del jazz (dirigida por Archie Mayo en 1942, cuyo nombre auténtico es Orchesta Wives) y Locos del jazz (que en realidad se llama Spotlights Scandals y fue realizada por William Beaudine en 1943).
Hasta ese momento, el influjo del género sincopado no abarcaba más allá de los medios de entretenimiento antes descritos. No obstante, en marzo de 1962 y para amenizar el Gran Baile del Concurso de la China Poblana, efectuado en los salones del club recreativo Parque España, se presentó la renombrada orquesta del trompetista cubano Chico O’Farril. Lamentablemente, las principales fuentes informativas de esa época (revistas y periódicos) no solían ahondar –salvo por algunas excepciones muy puntuales– sobre las minucias de los eventos, pero es de suponer que fue un rotundo éxito.
Más adelante, en octubre de ese mismo año, se dio a conocer otro suceso similar: el Primer Concierto de Jazz de Tino Contreras y su Conjunto. Para dicho recital, el baterista chihuahuense se hizo acompañar de Chilo Morán (trompeta), Fred Tatman (piano) y Mario Ballina (contrabajo). El concierto se efectuó en el Auditorio del Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec (CENHCH).
Nuevamente, se resiente la falta de crónicas sobre los conciertos; sin embargo, debió haber sido un episodio sin parangón en cuanto a jazz corresponde, pues en mayo de 1963 la promotora cultural Yvonne Recek de Luque entrevistó a Contreras y al preguntarle acerca de su próximo recital sobre suelo angelino, el músico le dijo: “Claro que iré. Actuaré en un concierto de beneficencia y además estoy encantado de volver a la preciosa Angelópolis, de presentarme ante un público gentil como el poblano… Para mí, lo diré siempre, el público de su ciudad es superior al de París. Nos trataron con mucho cariño… Aprovecho la oportunidad que me brinda (el diario) La Voz de Puebla para decirle al público grande de Puebla que en agradecimiento al aplauso cariñoso que nos tributaron la primera vez, estoy tratando de que sea en esa ciudad donde se realice el Festival de Jazz que se celebra anualmente en esta capital. En mi visita a Puebla, me acompañarán los organizadores de dicho festival y ojalá se convenzan de que esa ciudad merece ser la sede del gran espectáculo, ya que ellos pretenden efectuarlo en el ‘Yate Acapulco’. Pero repito: trataré de que sea la hermosa Puebla la elegida para el Festival de Jazz 1963”.
Tal como adelantó el oriundo de Chihuahua, regresó en junio de aquel año para el Segundo Gran Concierto de Jazz Tino Contreras y su Conjunto, apoyado en aquella oportunidad por Leo Carrillo (contrabajo), Tommy Rodríguez (sax), Freddy Noriega (voz) y Enrique Orozco (piano). Parte del anuncio aparecido en el diario El Sol de Puebla de esa fecha, dice así: “El Conjunto de Tino Contreras se presenta hoy en el Auditorio del CENHCH, en dos sensacionales audiciones: una especial para estudiantes a las cinco de la tarde y otra para el público en general a las nueve de la noche. (Contreras) alternó en forma exitosa en exclusivo hotel del D.F. con Benny Goodman, quien no escatimó elogios para el conjunto mexicano”.
Con respecto al propósito de llevar a cabo el Primer Festival Internacional de Jazz en tierras angelopolitanas, este se resolvió favorablemente y, en consecuencia, se esperaba un manjar musical todavía superior a todo lo ya escuchado. Dicho festival tuvo lugar entre el 25 y el 27 de octubre de 1963, en el Auditorio de La Reforma y logró convocar –además de al imprescindible Contreras–, a los pianistas Chucho Zarzosa, Pedro Plascencia y Al Zúñiga, la cantante Monna Bell, el contrabajista Víctor Ruiz Pazos, los ya mencionados Morán y Tatman y treinta jazzistas más.
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Antes de que concluyera aquel luminoso año, también se presentaron por su cuenta el baterista Richard Lemus y el Cuarteto de Jazz Contemporáneo, conformado por Freddy Manzano (piano), el norteamericano Eddie Shu (sax) y los hermanos Félix (batería) y Luis (contrabajo) Agüeros. El primero actuó en julio, dentro del Auditorio de La Reforma, mientras que el grupo lo hizo a comienzos de octubre, en el Teatro Principal.
A mediados de los sesenta, el jazz parecía haberse consolidado en Puebla y se le escuchaba por la radio mediante programas especializados como El festival de jazz y Jazz, jazz, jazz, ambos emitidos por la XEHR. De igual manera, los combos se integraron a la variedad de fiestas y espectáculos nocturnos en los restaurantes o salones más exclusivos: Chucho Bonilla en el CENHCH, Álvaro López y Tino Martín en El Merendero, Contreras en el Tropicana y Zarzosa y el Quinteto de Vitaminas en La Góndola. También el público poblano conoció de primera mano al Cuarteto del norteamericano del saxofonista Stan Getz (diciembre de 1964) y a sus compatriotas de The Modern Jazz Quartet (febrero de 1965).
Adicional a todo lo anterior, para 1966 ya operaba el Comité de Jazz de Puebla A. C., el cual, amén de impartir conferencias sobre la procedencia y el desarrollo del género, se encargaba de agendar y consumar diversidad de actividades. Algunos conciertos planeados por este comité fueron reiteradamente engalanados con la talentosa actuación de Tino, quien todavía mantenía una relación afectuosa y correspondida con sus fanáticos angelinos.
Por otra parte, los festivales se convirtieron en el escaparate más importante, tal como lo demostró el Segundo Festival de Puebla, efectuado en mayo de 1967, con músicos tan mundialmente famosos como Dave Brubeck (piano), Dizzy Gillespie (trompeta), Thelonious Monk (piano) y el sexteto The Newport All Stars. De la misma manera, el Tercer Festival de Jazz de Puebla, acaecido justo un año después, contó con la presencia del saxofonista Julian Adderley, la cantante Clea Bradford, el flautista Herbie Mann y otra vez Brubeck y The Newport All Stars.
Ante tal andanada jazzística, es de suponer que aparecieran grupos o ensambles locales, aunque del único que se tiene certeza es de la quinteta formada por Arturo Mayorga (piano), Efraín Corro (guitarra), Lamberto Gallardo (bajo) y Ramiro García (batería), la cual llevaba por nombre Sigma 7 y se presentó ocasionalmente en el Teatro Principal y con regularidad en el Jazz Bar Restaurant Trattoria Tinoco.
La década sesentera se perfilaba a su término y con ello la afinidad del género sincopado con el terruño angelino se debilitaría, pero no sin antes realizar un último gran campanazo, pues en septiembre de 1968 se anunció la visita de una de las más grandes leyendas del jazz. De nueva cuenta, una escueta nota publicada en El Sol de Puebla nos da razón del suceso: “Hoy a las 21 horas, Duke Ellington se presentará en esta ciudad, una de las cuatro de la República en que actuará con su orquesta y sus cantantes de música moderna, solamente en Puebla, Mérida, Acapulco y la Ciudad de México. Esta presentación forma parte del programa de la XIX Olimpiada Cultural que se desarrollará en nuestro país, donde este autor presentará por primera vez su ‘Sinfonía mexicana’”.
Finalmente, en febrero del siguiente año, los norteamericanos Willie Bobo (percusiones) y Art Blakey (batería), junto a los brasileños Walter Wanderley, Eumir Deodato (ambos tecladistas) y Bola Sete (guitarra), fueron los responsables de cerrar un decenio musicalmente notable con el concierto Jazz 69.
A sesenta años de distancia, el jazz en Puebla atraviesa por un estado de letargo que únicamente es interrumpido por las esporádicas funciones de free jazz y similares, tanto locales como las provenientes de Ciudad de México. Muy en el fondo del recuerdo han quedado los relatos de las glamurosas veladas amenizadas por Tino Contreras y su Conjunto, los fastuosos festivales internacionales, las organizaciones amantes del jazz y hasta las bandas dedicadas al género. No obstante, como en este y muchos otros casos, sólo queda atentar tozudamente contra la desmemoria y apostar por días más prolíficos.
